El maquillaje en producción: lo que no se nota hasta que ya es tarde

Hay decisiones que parecen pequeñas durante la preproducción y que, sin embargo, se vuelven gigantes cuando el proyecto ya está terminado. El maquillaje es una de ellas. Casi siempre aparece en la misma frase incómoda: “si hace falta, lo vemos luego”. Y casi siempre, ese “luego” llega cuando el plano ya está grabado y no hay vuelta atrás.

Durante años se ha normalizado la idea de que el maquillaje es un extra prescindible. Algo asociado a la estética, al lujo o a producciones de gran presupuesto. En cambio, iluminación, cámaras o localización rara vez se cuestionan. Como si el rostro humano —que suele ser el centro absoluto del plano— pudiera tratarse como un elemento secundario.

Hasta que lo vemos en pantalla.

Ahí es cuando aparecen los brillos, las pieles que reflejan la luz de forma irregular, las texturas exageradas por la cámara, las ojeras que el ojo humano ignora pero el sensor amplifica sin piedad. Y entonces llegan las lamentaciones. Porque no es un problema de la persona, ni de su aspecto real. Es un problema de lenguaje audiovisual.

La cámara no ve como vemos nosotros.

Lo que en la calle resulta natural, incluso atractivo, en vídeo o fotografía puede convertirse en una distracción constante. Un foco bien colocado puede realzar un rostro… o delatar cada brillo si la piel no está preparada. Da igual que el escenario sea impecable o que el equipo técnico sea de primer nivel. Si la piel no está controlada, el plano pierde calidad sin que sepamos explicar exactamente por qué.

El maquillaje en producción no tiene como objetivo embellecer, sino neutralizar. Eliminar brillos, matizar la piel, igualar tonos, suavizar transiciones. Es una herramienta técnica, no estética. Y entender esto cambia por completo la forma de presupuestarlo y valorarlo.

Hay una frase que se repite mucho: “no importa, lo sacamos natural”. Pero lo natural en cámara no es lo mismo que lo natural en persona. De hecho, muchas veces es justo lo contrario. La naturalidad audiovisual es una construcción cuidadosa. Requiere decisiones conscientes, no improvisación.

Por supuesto, hay excepciones. Si estamos grabando una sesión de spinning, un entrenamiento intenso o una escena donde el sudor forma parte del relato, esos brillos no solo se aceptan, se buscan. Pero eso es una decisión narrativa, no una consecuencia de haberlo pasado por alto. La diferencia es enorme.

En RecTimePro insistimos siempre en este punto. No porque seamos puristas, sino porque la experiencia nos ha enseñado que el maquillaje es uno de esos elementos que solo se echan en falta cuando ya no están. Por eso, incluso en producciones ajustadas, aconsejamos llevar algo. Aunque no sea el escenario ideal, aunque no haya una maquilladora dedicada durante toda la jornada.

En más de una ocasión, para producciones muy contenidas, hemos acabado comprando unos polvos matizadores en un supermercado cercano y llevándolos al rodaje. No es la mejor opción, ni la más profesional, pero ha salvado planos que de otro modo habrían sido inutilizables. Y ese gesto dice mucho: cuando el problema aparece en cámara, cualquier solución parece pequeña comparada con el error de no haberlo previsto.

El maquillaje no compite con la iluminación, trabaja con ella. No compite con la cámara, la ayuda. Es parte del mismo sistema. Ignorarlo es como ajustar un plano con mimo y olvidarse de limpiar la lente.

Además, hay un factor humano que no se suele tener en cuenta. La persona que aparece en cámara confía en el equipo. Confía en que el resultado final la represente bien. Cuando ve el material y detecta esos brillos, esas texturas exageradas, esa sensación de “algo no encaja”, la decepción no es técnica, es emocional. Y eso también forma parte del trabajo.

Invertir en maquillaje no es inflar el presupuesto, es proteger el resultado. Es asegurar coherencia entre todo lo que se ha cuidado antes. Porque de poco sirve tener la mejor cámara, la mejor óptica y la mejor iluminación si luego el rostro —el punto donde se dirige la mirada— rompe la armonía del plano.

El maquillaje en producción no debería discutirse al final, cuando ya no queda margen. Debería estar en la mesa desde el principio, al mismo nivel que cualquier otra decisión técnica. No como un lujo, sino como una necesidad básica del lenguaje audiovisual.

Porque cuando todo está bien hecho, nadie habla del maquillaje. Simplemente el plano funciona. Y eso, en producción, suele ser la mejor señal de que se tomó la decisión correcta.

Photo by Jamie Coupaud via Pexels

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